No podía
ser de otra forma. Cada día despertaba más temprano y la luz acobardada del
último amanecer de julio penetraba ya por la grieta del sudeste, acariciándome
el ojo derecho como una amnistía. Empezaba a equilibrar el pasado. Mi temor era
otro ahora. Ya me aliviaba la creencia de que Nicholas Siddeley estaba herido
de muerte; pero a partir de entonces tuve pánico a que resucitara. Me había
despertado con tiempo de sobra para reflexionar, ese día 31 a mi hora acostumbrada, más
o menos las 7. Intuía que John era tardío para levantarse y que si había café
ese día −todos los días, menos el primero, lo hubo, pero nunca lo di por hecho−
se retrasaría su llegada. Pero la del amanecer no era la única luz. Aunque
potente y luminosa, aún creía que tendría que decidir si me había enamorado de
Luke. Curiosamente ya había aceptado que antes de él había venido John. Nunca
rechacé lo que mi corazón me estaba diciendo; nunca me escandalizó. Pero creí
que era mejor estar seguro antes de volver a cometer errores similares en la
vida. Decidí sin razón aparente ponerme en pie y salir de la tienda. Todo
estaba a oscuras y no había nadie aún levantado. Fingí que no quería ver a Luke
en los alrededores, Protch. Preferí mentirme y pensar que necesitaba estirar
las piernas.
CAPÍTULO XV: ESCASEZ
Un rayo amodorrado y despistado, que seguramente no me tenía por su
objetivo, volvió a despertarme, invitándome a abrir los ojos al amanecer.
Agosto ya era pan quemado que olía a semillas y a cereal. El olor del Kilmourne
parecía llegar hasta mi lona e incluso el río, como mi vida, fermentaba. La
tienda era un horno donde súbitamente me llamó la atención un pan inesperado.
Al levantar las mantas observé que habían introducido un nuevo libro: Grandes Esperanzas. Tampoco había leído
jamás a Dickens, pero conocía el argumento. Seguramente la habría visto en el
cine. No lo abrí entonces porque el calor, ahora sí, ya venía para
establecerse, y me sofocaba. Mentalmente, me había puesto la fecha del 6 de
agosto para regresar, y ya los días se me escapaban de los dedos. Supe que los
iba a echar mucho de menos y empecé a meditar como continuaría sin ellos. Pero
a las 8 me vino el café y algo mucho más esperado: el rostro de Luke.
CAPÍTULO XVI: LA SABIDURÍA DE LA TIERRA
Eran ríos de luz los que, tocando cada grieta, me despertaron ese día
sobre las 10, y no tuve valor para oponerme a su fuerza ardiente. Me desabotoné
los cristales del sueño y me desperecé con esperanza y cierta tristeza: ya sólo
me quedaban cuatro amaneceres con ellos. Ese día me había propuesto salir para
conocerlos mejor explorando su lugar de acampada permanente. Además, la salud
me hacía señales para que me atreviera a estrenarla. Desovillando esos hilos me
andaba, cuando me vino el café diario. Era Miguel de nuevo. Venía con una
chaqueta de lino azulada y una camisa del mismo color. Tras regalarme el
desayuno y los buenos días, retomó la conversación del día anterior como si la
hubiéramos dejado en el aire.
CAPÍTULO XVII: MISA NEGRA
Cuando al final me atreví a salir, la noche era otra sábana
con la que algún espectro juguetón había querido envolverse. Apenas podía
distinguir la tienda de Miguel y John, tan cercana. Por primera vez hice el
experimento de buscar de dónde soplaba el viento y pronto comprobé que no era
muy difícil averiguarlo: soplaba el levante y Olivia, pensé, estaría calmada.
Pero como en una cerradura encantada, la llave que la abría se introdujo en el
orificio mágico de su baúl de sueños y se llevó con tanta fuerza su urna
cineraria hacia el cercano poniente que el denso linóleo se fue descomponiendo
en algodones, descubriendo retales de desplegada hermosura lentamente. Así fui
viendo, poco a poco, que la noche no era fría. Ni oscura. Que una parte veleidosa
de la niebla se había quedado a vivir en el sendero de alabastro de la vía
láctea, desde el Escorpión, en el sur, hasta Casiopea, en el norte. Miles de
piedrecitas luminosas llenaban de magia la noche así alumbrada. No pude menos
que exclamar, sin saber que estaba siendo oído:
CAPÍTULO XVIII: EL CUENTO DEL UNIVERSO
−“Dios-Causa estaba solo y estaba
acompañado. Era uno y eran dos. Se creó solo y se crearon el uno al otro, pero
nadie los creó. Es lo que tiene Dios-Causa, Nike, que es inefable e
inaprensible. Pero en mi cabeza sé que es así. Y al mismo tiempo era mujer y
era hombre, ambos a la vez. O si no, ¿cómo iba a engendrar a todas sus hijas e
hijos? ¿Con quién? Todo en él era Belleza y armonía y deseos de crear. Vivía en
una nebulosa, sin espacio ni tiempo todavía, y sentía la voz de la Urgencia,
don que estaba en él pero que él alumbró, de expandirse e inventarlo todo. Y
antes de hacer la creación cada cosa estaba en su orden preciso. No había
ningún tipo de tensión, porque no tenía quien se le opusiera. Y es justo que
sólo él pudiera contemplar esa perfección o de otro modo sus criaturas no lo
habrían podido soportar. Sus criaturas…,
bueno, no sé mucho de todo esto, Nike, porque no nos vamos a ocupar de
Dios-Causa, pero por fin un día se decidió a darles vida, y fueron hembras y
varones, sus hijas e hijos, los primeros seres-dioses…”
CAPÍTULO XIX: RECONOCIMIENTO DE LA ACEPTACIÓN
Todos los cuentos son una re-creación, le dan una segunda vida a la
naturaleza muerta; son, como los cuadros o las partituras, una nueva
existencia, como el alma de los cuerpos. Recuerdo una conversación con la
señora Oakes, algún tiempo después, en la que me decía:
−“He pasado mi vida junto a dos
ríos. Puedes ver el lecho de éstos como el cuerpo que lleva dentro a su alma:
el agua que se bendice al llegar al mar; porque en él se funde en otro caudal,
se transforma y vive de nuevo. Más tarde o más temprano, Nike, encontrarás tu
alma. Pues también saldrá de tu cuerpo.”
CAPÍTULO XX: EL PEQUEÑO REY
El 6 de agosto fue un día de retos y tristezas, de lamentos y prodigios,
de belleza sublime y de conmoción llorada. Se le caía la funda a la vieja
almohada de aquel paraíso, y al salir de la tienda el sol estaba estático, que
de ahí debe venir solsticio, llenando de pura luz el edén de aquellos pobres enriquecidos,
bañando de oro la tierra humilde de la que yo, ay, me veía obligado a
eclipsarme. La luz parecía un bodegón: membrillos y manzanas. Pero los
membrillos estaban todos cubiertos por una luz difusa. Las manzanas eran una
invocación a aquel edén, jugosas y evocadoras. Eran las 10 de la mañana y
estaban todos allí. Parecían haberse reunido en círculo alrededor de la tienda
de la señora Oakes, que presagiaba algo y les aconsejaba calma, que no se
fueran todavía. Faltaban Olivia, Lucy, Luke y Bruce, pero a este último lo vi
llegando del río con una botella llena en la mano. Algo debió leer en mi cara
al encontrarme de frente, porque el amigo fiel pareció entender que ya no
nadaría conmigo. Su corazón puro debió sufrir tal desolación que súbitamente
pareció perder el equilibrio. Lo recuperó enseguida, pero la botella que
llevaba en la mano quedó hecha de repente añicos delante de la tienda de Lucy y
Luke. Al instante vi que Luke salía sobresaltado y al comprender lo que había
pasado y tras preguntarle a Bruce cómo se encontraba, se tornó improvisado
barrendero que apartó todos los cristales. Aunque alguno debió quedar. Podía
ser un mal presagio, pero la señora Oakes, que también se había dado cuenta, se
tornó y dijo:
CAPÍTULO XXI: EL MENDIGO LUMINOSO
Nuestra gran estrella amarilla debía estar siguiendo su carrera por el
sur, en su mayor altura. Yo no era capaz de sentir su luz, y mentiría si dijera
que notaba siquiera su calor. Y aunque llevara millones de años realizando el
mismo recorrido, la miraba sin poder creer que no se hallara desorientada como
yo. Pero en mi caso podía ser que el Universo, después de desviar mi camino, me
hiciera ahora caminar por ya no sabía qué Eclíptica. Pensé que el gran astro
del día habría tenido tiempo al menos de ver cómo una pequeña estrella
rivalizaba con su fuego aquí abajo. Y en mi corazón, que había descubierto esos
días sobradamente, todos los surcos se abrían para hacerle un lugar a ese
diminuto rey para siempre, y se separaban como los pétalos de una flor, que al
recibir el calor del sol, dolieran con fuerza. Así que había llegado al arrabal
sin capacidad de ver ni oír y me iba con tan grande padecimiento que no podía
sentir ni pensar. Finalmente seguí a John, no sé si llorando, pero con los
sentidos embotados.
TERCERA PARTE: DE LA METAMORFOSIS Y EL DELIRIO CAPÍTULO XXII: PENUMBRA
La inquietud estaba en todos los rostros. El paisaje lacrimaba
en acuarela. Los fresnos hervían, se derretían las tiendas. Los ojos del
pequeño rey, en brazos de su madre, derramaban sus primeras aguas, siguiendo el
compás del horizonte sangrante. El sol parecía temblar, el aire guiñaba, agosto
se derramaba. Pero el bastón de mi corazón helado no me permitía caminar con
seguridad y acaso me tambaleara. La señora Oakes, muy cerca, vino a sostenerme.
−“No te inquietes por la soledad,
Nike. Será buena maestra.”
−“Cómo te voy a echar de menos. Pero
por el amor de Dios, señora Oakes, dime lo que sabes. ¿Volveré?”
−“Caminas hacia la felicidad, aunque
no puedas verlo. Porque tu sendero tiene tantos recodos que durante un tiempo
te ocultarán la vereda. Pero firme es. Confía en mí.”
CAPÍTULO XXIII: EL EXILIO
Sabía lo que debía hacer. La escasa lluvia, con su desgastado tambor de
madera, se fue apagando en unos minutos y ya no me acompañó en la cena. Yo
comía sin saber, por primera vez en muchas noches, si ellos estaban
alimentados. A pesar de que no había probado bocado en todo el día, era comer
por comer, porque supe que la Traición no tiene sabor. Pero pronto subí a mi
habitación, donde ya Doris me había avisado de que había preparado la cama. Me
asomé al balcón sólo para comprobar si la noche estaba despejada. Pero cometí
un error de bulto. Llevaba dos intenciones: ver las estrellas y comprobar, si
mirando al este, se intuiría al menos el sitio donde debía quedar la Mano
Cortada. Las luces me impedían ver el cielo nocturno y pronto verifiqué
amargamente que la habitación daba, en realidad, al oeste. Quise, por unos
minutos, trasladarme a alguna de las habitaciones de invitados de enfrente,
pero seguramente recuerdas, Protch, que las últimas dos noches apenas había
dormido. Lo dejé para el día siguiente. Necesitaba el olvido reparador del
sueño. Incluso así, no me fue fácil, acostumbrado como ya estaba a dormir en el
suelo casi sin mantas. Afortunadamente me sumergí pronto en el bendito letargo
del alma en reposo, poco después de caer en la cuenta de que esa noche, al
menos, Bruce volvería a dormir en su tienda.
CAPÍTULO XXIV: NOVENTA Y CINCO DE CADA CIEN
Desterrado parecía el viento de esa amanecida, sin balcones, sin saber
por qué orificios penetrar. En el jardín sentí la tentación de coger el coche.
Pero como otras mañanas preferí dirigirme primero al puente Hammerstone, para
observar el festival de las últimas estrellas que ya pronto se irían a dormir.
Un manto de nubes mecidas por el viento de levante se las llevaba antes de que
yo pudiera distinguirlas. A la impalpable luz del amanecer que llegaba, el
cielo así velado tenía un matiz amarillento y todavía no sé por qué lo quise
entender como una luz premonitoria. Algo me decía que ese cuarto día de octubre
no iba a ser un día como los demás.
CAPÍTULO XXV: NOS RECONOCERÁS
Llevado por mil demonios, los miembros tensos y el rostro un claro
espejo de decepción, Miguel se retiraba a meditar y quizás a maldecirme. Pero
Luke no lo dejó avanzar más de cien metros.
−“Miguel −le gritó−, vuelve. No he
terminado. Lo que tengo que contar es bastante largo, y estoy seguro de que te
interesará.”
Todavía vacilando, pero más sereno por la mirada de John, que se había
quedado sentado pero que dudaba si levantarse a por él, Miguel dio media vuelta
y aunque con una mirada de total desconfianza, volvió a ocupar su lugar. Luke
tragó saliva y, observando la dulce mirada de su mujer, se animó a proseguir.
CAPÍTULO XXVI: VAMPIROS
Calores pasionales hacían arder nuestras mejillas con febril intensidad.
Nos habíamos colocado cerca de una chimenea y también el ardor de volver a
conversar hizo que pasáramos la tarde así, entre rubores y llamaradas. Las
luces eran tenues, para resaltar el color argénteo de todo alrededor. En The Silversmith todo era plata, o quizá
fueran imitaciones de este metal. La verdad es que no lo sé −les seguía
contando Luke−. Hasta las mesas tenían cierto color plateado. Todo a nuestro
alrededor, los marcos labrados de los espejos, las repisas con bandejas y
ceniceros, alguna figurilla descocada descansando indiferente en el pie de un
candelero, era plata o imitación de ella. Estábamos allí casi aislados de la
escasa afluencia y los camareros no tardaron en acudir. Ni siquiera habíamos
mirado todavía los platos que se servían.
CAPÍTULO XXVII: LA PATRIA
Un país no puede ser tan sólo un pedazo de tierra enmarcado de
fronteras, un ejército imperial que las defienda, una bandera sin alma ondeando
trivialmente con colores, líneas o dibujos en el paño. A un territorio hay que
sumarle apego por sus vientos y sus surcos, seres de sangre y corazón,
pobladores de una Historia que, se muestre a veces vestidura heroica, a veces
jubón sangriento, entrelace en la misma tela fracasos y esperanzas. Ellos
tenían sus leyes serenas, sin severidad ni rigor; gobernaban su tierra
considerando los hitos cambiantes de su fortuna, con aprecio siempre a la
libertad, la belleza y la amistad.
CAPÍTULO XXVIII: LA MADRE Y LA PUTA
Calles tiene esta ciudad que no se sabe bien dónde comienzan o dónde
terminan; agotadoras calles por las que el tránsito se vuelve lento y fatigoso;
arterias que desembocan en una inesperada plaza, un parque umbrío, en la brusca
confluencia de un puente, de un río, de una esperanza, de un destino; pero
después continúan. Calles limpias, calles sucias, veredas de polvo y barro, de
tierra oscura, angosturas de lodo mojado; calles de adoquines, de frío asfalto,
rectas o tortuosas, lomas, descensos, rápidos contrastes; lugares que en
invierno hasta sus moradores abandonan o acaso las miran con desdén desde
alguna ventana y sólo los mendigos se atreven a recorrer. Así es mi casa: la
Mano Cortada iba a ser mi dormitorio; y ahora el momento era llegado de explorar
el resto de sus habitaciones. Esa mañana ya mis pasos me habían llevado del
Heatherling al Kilmourne. Esta tarde había de recorrer el camino inverso.
CAPÍTULO XXIX: BREVE CANTO PARA ACUNAR EL CORAZÓN DE UN HOMBRE
Así que las nubes ya no crearon música. Acaso el viento se las fuera
llevando a otra ciudad; acaso, desangradas, no les quedaran más lágrimas que
destilar esa noche. En esa silenciosa paz de los regresos fatigados, las
piernas terminan hallando su acomodo, pero aquella primera vez no sabía cómo
colocarme a gusto en mi tienda, las ropas empapadas, los pies atravesados por
mil agujas impías. Creía que me iba a costar trabajo conciliar el sueño; es lo
que siempre me ocurre los días que me acuesto cansado. Sin ganas de leer un
rato, no abrí el libro que me había dejado John y me puse, en cambio, a
recordar todos los episodios de ese extraño día en que me había cambiado la
vida. ¿Para siempre? Estuviera o no en mis manos, yo iba a hacer un esfuerzo.
Sabía bien que de tornarme, todo volvería a ser desierto. Quedarme allí… pero
¿cómo me habría comportado? ¿Qué habría pensado Luke de mis primeros pasos?
CAPÍTULO XXX: VIDRIERAS
Quería más. Un manto insuficiente de descanso me había cubierto tan
exiguamente como el abrigo de piel de carnero. El sueño me había llegado
pronto, pero fue intranquilo y dolorido, en una noche extremadamente fría, más
pareciera de invierno, en la que continuamente tiritando, despertaba a menudo
sobresaltado. Pero con luz suficiente para recordar donde estaba, ya sí en la
tienda de Nike, volvía a coger el sueño enseguida.
Mas la verdadera luz me llegó casi al amanecer. Luke había entrado en mi
tienda y me zarandeaba afectuosamente. Tuve la suficiente lucidez para saber
que yo estaba en el Arrabal y que mi compañero me estaba despertando. Ver su
sonrisa cada mañana… si pudiera ser toda la vida así. Miré mi reloj de pulsera.
Eran las 5 menos 10. Pero Luke me estaba hablando.
CAPÍTULO XXXI: SEGUNDO ALEGATO ANTE LOS TIBURONES
Un tiburón despedaza a su víctima sin piedad; la muerde y la desgarra.
Yo, que había navegado siempre en sus mismos templados mares, sabía bien que
ahora era la presa y que no conocía la forma de no caer en sus dientes, o si
caía, de desasirme. Con mis dificultades para andar, del brazo de Anne-Marie,
conseguí penetrar a la postre en aquella reunión de escualos, y al final
conseguí sentarme en la mesa redonda donde celebrábamos los consejos de
administración. Mirando sus caras pude ver que lo que yo les iba a explicar no
sería necesario, que ya lo sabían. Contaba, suponía, con una aliada. Estaba
guapísima Anne-Marie Beaulière aquella mañana. Ya no estaba al día con su nuevo
vestuario, pero llevaba un traje de chaqueta rojo que sí le sentaba bien, a
pesar de que este color no era el que más le favorecía. Pero teñía su rostro de
una pasión desconocida que parecía decir que iba a luchar por mí. Al menos
debió gustarle saber que Nike no se quería ir del trabajo.
CAPÍTULO XXXII: DIGNIDAD
A esa hora mi alcoba era un poema de luz derramada. Subiendo como podía
la ardiente loma me fije que el viento estaba dormido en su sarcófago, aunque
resucitaría a la noche, y que un rebelde rayo de sol caía oblicuo sobre mi
tienda por entre los tres fresnos que la escoltaban por la parte de atrás,
embelleciéndola con un túnel de luz que me anunciaba cuál era el lugar donde yo
debía quedarme a dormir en adelante. Antes de subir había visto que por allí
estaban entonces Lucy, que ya había regresado de la calle y ahora estaba con su
pequeño rey en brazos, Olivia, Miguel y mi compañero, que vio mis apuros para
subir y vino hacia mí.
−“Hoy no deberías andar, Nike.” −me
dijo.
CAPÍTULO XXXIII: EL REPARTIDOR SELECTIVO
Alas ebúrneas me debieron transportar en
volandas por un camino dorado hacia el descanso instantáneo de mi segundo
sábado en la calle. Había comenzado El
Rey Lear, pero mi Shakespeare es el de Sueño
de una noche de verano y La Tempestad.
Los demás me los leí todos, Protch, pero no te haré comentarios.
Aquel sábado 13 me desperté tan temprano que ni siquiera Olivia
estaba levantada. Mas al rato la vi por allí y casi al mismo tiempo también se
levantó John, que llevaba dos días de insomnio. Se había acostumbrado a los
horarios de su gemelo trasnochador, pero al tener que dormir solo, tornó a su
antiguo hábito de madrugar. En la hoguera se lo veía tan taciturno que casi no
cruzamos palabra. Yo no sabía qué decirle y a esa hora ni siquiera hablar de
nuestras jornadas en la calle, o del tiempo, las dos conversaciones más
habituales, le servían de mucho. Así, casi mudos, Olivia, John y yo
permanecimos hasta que al poco tiempo vimos levantarse a Lucy y Luke, él con
Paul en los brazos.
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